Consejos para hacer bien una presentación en público

26 enero 2011

Hace unos días tuve que hacer una presentación en público, parte de un trabajo de una asignatura de mi carrera. Yo, que no iba con mucha seguridad, me hice una serie de chuletas en medias cuartillas, a modo de presentador de la tele, por si me olvidaba de mencionar algunos apartados.

Cuál es mi sorpresa cuando veo, en plena presentación, que mi amiga S., aprovechando un momento antes de la presentación en el que estaba ausente, cogió mis cuartillas y me dejó una serie de notitas, consejos de lo más diverso (cada uno en una cuartilla), que paso a exponer:

  • :) Sonríe
  • Imagínate al público desnudo
  • Habla más fuerte para crear tensión
  • Comprueba si el profe asiente o está dormido -> Si lo está tose fuerte
  • :) Sonríe
  • Quítate las gafas con sensualidad y aire interesante mirando al profesor y ¡guíñale un ojo!
  • Haz un silencio e inclínate con una reverencia esperando el aplauso final

Por supuesto, con estos consejos, todos los nervios desaparecieron y la presentación salió perfectamente. ¡Gracias, S.!

PD: El profesor llegó a dormirse ¬¬ Pero lo hizo en todas las presentaciones (es un “profesor” algo “especial”, el pobre).

¿Y si Todos los Libros Fueran de Ciencia-Ficción?

20 diciembre 2010

Hoy me he levantado con esta extraña pregunta grabada a fuego en mi mente: ¿y si sólo existiera un género literario? Por ejemplo, la ciencia-ficción. Analicemos la repercusión de esta idea en forma de otra pregunta: ¿y si todos los libros fueran de ciencia-ficción? ¿Cuáles serían los libros más famosos? Veamos algunos ejemplos:

· Los Tres Mosqueteros, de Alejandro Dumas:

En el planeta Francia, el déspota regente Luis 13.0 y su principal compinche robot y líder religioso Richebot gobiernan a sus anchas, sembrando el caos y la destrucción en un páramo desolador. Mientras, en la corte, las más altas tecnologías están al servicio de las perversiones de los más allegados a Luis 13.0. Los Mosqueteros, líderes de la resistencia humana, intentarán derrocar al regente.

· Sherlock Holmes, de Arthur C. Doyle:

El afamado detective viaja una vez más en el tiempo para detener los asesinatos más célebres de la historia. Pero… Desde que en su anterior aventura descubriera que Watson acabó con todos los dinosaurios en el Mesozoico, no ha vuelto a ser el mismo. ¿Superará su frustación y su adicción a las nanodrogas de diseño?

· Los Crímenes de la Rue Morgue, de Edgar A. Poe:

Un asesino que no deja huellas. Un desintegrador de materia desaparecido. ¿Imposible pillarle? La mitad de la gente de la rue Morgue ha muerto, y aún no hay pistas del culpable… La policía decide prohibir este tipo de armas, pero… Ya es demasiado tarde.

· La Metamorfosis, de Franz Kafka:

¡Corre! ¡No te pierdas la nueva aventura de los Power Rangers! Con más acción que nunca y… ¡Desnudos inesperados!

· Así Habló Zaratrusta, de Frederich Nietzsche:

“Dios ha muerto”, dijo John K’lok, depositanto su arma de neutrones y sentándose sobre el trono del Todopoderoso. “Yo le he matado. Preparaos para mi reino de terror”. La humanidad, y toda la Creación, está perdida. ¿Habrá alguna esperanza?

· Crónica de una Muerte Anunciada, de Gabriel G. Márquez:

Mediante modelos matemáticos, los científicos de la Universidad de Hungder han logrado eliminar el caos. Todo es calculable y predecible. El futuro no tiene secretos, y los videntes, hoy más que nunca, son una minoría perseguida por la sociedad.

· Siddharta, de Herman Hesse:

Siddharta es un pequeño extraterrestre que ha poseído el cuerpo de un yonqui de las afueras de Nueva York. Luchando por adaptarse a un mundo demasiado ciberpunk, Siddharta vivirá todo tipo de situaciones divertidas e inesperadas.

· Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carrol (+18):

Alicia tiene 20 años, y el catálogo de los juguetes sexuales tecnológicamente más avanzados de la galaxia. Sumérgete en la nueva novela cibererótica de Carrol y haz realidad tus fantasías. Incluye material multimedia.

· Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes:

Alonso Quijano, recluido en una institución mental, intenta avisar del malvado plan del doctor Sancho: acabar con la humanidad con robots gigantes, camuflados como molinos. ¿Logrará don Quijote escaparse y detener a Sancho?

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Lascivo. 20 de diciembre de 2010

RELATO: Amont – Preludio

8 noviembre 2010

Cuelgo aquí el nuevo relato que estoy escribiendo junto con Champinon (no es que le vaya a colgar a él también, sino que lo escribo con él). Cada uno escribirá un capítulo, pero iré colgando todos aquí. ¡Que se disfrute! (También publicado en Sopa de Relatos)

La lluvia repiqueteaba contra las chapas y los techos de las chabolas. El barro se adhería a los zapatos de Richard Beck, que se apartaba el flequillo mojado de la cara. Con tan poca visibilidad, apenas podía intuir adónde debía dirigirse. Un perro mediano, empapado y mugriento, le seguía los pasos desde una distancia prudencial. Parecía no importarle la lluvia. ¿Y qué más daba, en realidad?, pensaba Beck. Mirara donde mirara no veía más que la más absoluta de las miserias. Casuchas improvisadas en mitad de la nada, cuando a menos de tres o cuatro kilómetros la más ostentosa riqueza aplastaba ideales y masacraba esperanzas.

Un escalofrío recorrió la espalda de Beck, que inauguró su camino. Aquella búsqueda ya hacía tiempo que le estaba cansando, pero las preguntas que tenía eran cada vez mayores, abarcaban más campo y eran más profundas. Sin contar con que cada vez había más gente involucrada. Pensó en Lena, tan tímida y llena de miedos. Siempre pensó en ella como alguien que parecía sentirse fuera de lugar. Esa es la impresión que le dio desde el primer momento en que la vio. Era muy bella, a ojos de Beck, a quien le encandiló su mirada azul desde el principio. Y ahora sentía un gran pesar por haberla involucrado en un caso que incluso a él le venía grande. Hacía días que no sabía nada de ella. La había llamado con insistencia, incluso había ido a buscarla a su casa. Varias veces. Sin ningún resultado. Por lo que su experiencia le decía, y por lo oscuro que se estaba poniendo el caso, bien podría estar muerta.

Un nuevo escalofrío, mucho más intenso que el anterior, sacó de su ensimismamiento a Richard Beck. Se subió la solapa de su chaquetón y se llevó instintivamente la mano al bulto que provocaba su pistola, en su costado.

De pronto oyó un grito. No parecía venir de lejos.

Corrió, corrió lo más rápido que pudo, tropezándose con un pedrusco oculto a sus ojos, cayéndose y manchándose de barro hasta la cara. Se irguió, no muy ágilmente, y volvió a escuchar otro grito.

Y un disparo.

Estaba muy cerca. Corrió hasta dejar atrás la última fila de chabolas.

La escena le pilló totalmente de sorpresa. Esperaba encontrarse con Mudir, pero no con Lena.

La chica estaba arrodillada en el suelo, y Mudir apretaba contra su sien izquierda una pistola de bajo calibre, suficiente para desparramar su cerebro por doquier. Ella estaba aterrada, empapada, y tenía un ojo morado. Llevaba un jersey de lana algo ceñido y unos pantalones vaqueros, todo marronáceo por el barro. Sin embargo, no parecía estar herida. El disparo de Mudir probablemente había sido como advertencia. Seguramente porque estaba nervioso.

Beck conocía bien a Mudir, y a los tipos como él. Llevaba investigándole varias semanas, y conocía su modus operandi. Al igual que le conocía personalmente, pues le había entrevistado varias veces cuando no era más que uno de los sospechosos del primero de los muchos asesinatos que se habían cometido. Pese a que siempre le había parecido apático, en esta ocasión estaba totalmente ido. Como ausente, con la mirada fija en Lena, como si no se hubiera percatado de Beck, aunque sabía que no era así. Mudir giró lentamente la cabeza, manteniendo una sonrisa estática, y le dirigió una mirada cargada de locura a Beck.

–Parece que llueve, ¿eh? –gritó, debido a la incesante y ensordecedora lluvia. Él y Lena estaban a unos pocos metros de Beck. Sin embargo, apenas pudo oírle.

–¡Lena! –chilló Beck, ignorando al psicópata.

Mudir cambió su expresión a otra totalmente seria. Miró rápidamente hacia Lena. La sacudió violentamente en la cara con la culata de la pistola. Lena, ahogando un grito, cayó inconsciente sobre el encharcado suelo.

–¡No! ¡Lena! –sollozó Beck.

Mudir seguía apuntando hacia Lena, aunque volvía a mirar hacia Beck. En su expresión aparecía de nuevo la misma sonrisa diabólica.

–Así que Richard Beck me ha encontrado. Bravo, ¡bravo! –gritó, e hizo ademán de aplaudir, sin soltar la pistola, y contoneando su cuerpo con sorna–. ¿Y qué piensas hacer, Beck? ¿Detenerme? ¿Y arriesgar la vida de LE-23?

Beck desenfundó su pistola y apuntó a Mudir. No sabía porqué había tardado tanto en reaccionar. Encontrar que Lena seguía viva le aliviaba, pero verla en manos de Mudir le había dejado paralizado.

–¡Mudir! –exclamó–. ¡Mudir! ¡Suelta a Lena! Sabes que si le pasa algo voy a disparar.

La cara de Mudir volvió a estar seria. Cambió su mirada hacia la mujer, y no desprendía más que odio. Su brazo seguía recto, apuntando hacia ella con el arma.

–No tienes ni idea, Beck. ¡No es quien crees! ¡Es una de ellos! ¡Ni siquiera se llama como crees! ¡Sabes lo que es! ¡Lo sabes! Tú…

Un disparo ensordecedor, como de rifle, seguido de un gran flash de luz, tapó las palabras de Mudir. Beck, casi cegado, vio que la luz venía de su derecha. El disparo también parecía haber provenido de esa dirección. Se dio cuenta de que los estaban apuntando con focos de enorme potencia. Nervioso, apenas podía fijar la mirada donde se hallaban Mudir y Lena.

–¡Lena! ¡Lena! –gritó, dirigiéndose a ciegas donde estaban ella y Mudir. Arrastrando sus pies por el barro, torpemente, de forma inevitable.

De repente, otro disparo le frenó. Sí, era un rifle, o una escopeta.

Lascivo. 8 de noviembre de 2010

El Viaje

20 octubre 2010

También publicado en Sopa de Relatos.

El Sol me abrasaba la piel. Notaba el calor inundar todo mi cuerpo y acercarme poco a poco a la asfixia. Incesantes gotas de sudor recorrían mi rostro y bañaban mis labios secos y se escurrían por mi cuello hacia mi torso. Mis piernas, casi autómatas, no respondían a ningún estímulo. Sólo me hacían andar y andar hacia un horizonte infinito.

La arena, blanquecina, fina y cruel, estaba por doquier. Ella, y sólo ella, me acompañaba en este viaje interminable. Mató a mis amigos e hizo girones mis ropas. Junto con el Sol, coloreó mi piel y desgastó mi mente. Ahora sólo me quedaba andar. Ir hacia delante, sin rumbo fijo, y no dejar que me consumiera más de lo que ya había hecho. Pronto moriría, y la arena sería el único testigo.

***

El sonido de mis pies arrastrándose por las dunas me iba a volver loco. Y, sin embargo, no podía parar, no podía parar de andar. Ris, ris… Ris, ris… Una y otra vez. Un pie delante de otro. Un paso más cerca del final. Del horrible final. Otro más cerca del atroz proceso de mi muerte. Agonizaba en vida, y aún así, era incapaz de parar. Debía seguir.

Cada vez más cansado, mis sentidos empezaban a fallarme. Tenía las más tremebundas alucinaciones: oía a mis hijos chillar, como hace años, cuando eran niños; veía la silueta de mi mujer, castigada por la edad; olía su perfume; sentía la brisa otoñal que me rodeaba cuando paseábamos por el parque donde nos conocimos; notaba el sabor de su saliva, levemente amargo por una longeva adicción al café. Pero una bofetada de arena me devolvió a la realidad: que estaba tirado sobre el suelo más extenso que jamás nadie pudo imaginar. No oía más que el roce de cada una de las piedrecitas que componían este mosaico, unas contra otras. No veía más que la arena y el Sol abrasador. No olía absolutamente nada. No sentía más brisa que el airecillo que producía mi propia y cada vez más tenue respiración. Y mi boca estaba tan seca, que el sabor salado del aire me daba arcadas.

Estaba al borde del colapso, pero me levanté. Era un muerto en vida, pero logré ponerme en pie y continuar, lentamente, hacía mi final.

¿Tenía sentido seguir? No lo sé. Sólo sé que me había prometido a mí mismo no rendirme. Por mucha desesperación que me azotara. Por mucho que hubiera perdido hasta el más mínimo rastro de esperanza. Tenía que continuar caminando.

Y caminé.

Aterrado, destrozado, afligido. Las ampollas de mis pies soportaban pacientemente el peso de mi cuerpo. Algunas estaban llenas de sangre seca. Otras simplemente escocían por el sudor y la arenilla que se filtraba por mis gastados zapatos. Quería morirme de una vez. Acabar con mi condena. Me tiré al suelo. La arena se pegaba a mis labios. Cerré los ojos.

***

Los volví a abrir. No sé cuánto tiempo estuve inconsciente. El Sol seguía allí, la arena también. Me dolía terriblemente la cabeza. Mi frente ardía.

Haciendo acopio de mis fuerzas, me intenté levantar. Logré ponerme de rodillas, apoyando parte de mi peso en mis brazos, que temblaban por el esfuerzo. Entonces icé la cabeza.

Allí, en el horizonte, logré ver, por un segundo, algo anormal. Algo diferente de aquella línea irregular de dunas amarillas y cielo azul intenso. Un ligero punto brillante. Mi pulsó se aceleró.

No sé de dónde saqué las fuerzas, pero logré levantarme una vez más. Aunque fuera la última vez. Me aferré a esa última esperanza. A ese ligero punto brillante. A esa incógnita. ¿Sería posible salir de esa agonía? Me dirigí a marchas forzadas en busca de una respuesta final.

Tardé horas, a mi ritmo. Pero juro que no me paré ni una sola vez. Y, finalmente, llegué. A medida que me iba acercando, se iba disipando la incógnita. El punto fue convirtiéndose en una mancha. Y la mancha en una silueta, primero difuminada, más tarde nítida. A escasos metros, y debido a que mi vista estaba tremendamente afectada por la travesía, me di cuenta de que lo que perseguía era una figura de tamaño descomunal. Probablemente fruto de mi imaginación perturbada. Un cráneo gigantesco, probablemente de algún tipo de búfalo o bisonte, se alzaba ante mí. Tenía de seguro más de treinta metros de alto, y era de un blanco tal que contrastaba enormemente con las pálidas arenas de mi desierto, de mi cárcel.

Aquel cráneo era cuanto menos siniestro. No obstante, y debido a mi devastador gasto de energía, me apoyé en el morro de la desgraciada bestia. Mi cerebro hervía, rebosante de incógnitas. Y mi corazón temblaba, atrapado en el más absoluto terror. En cientos de kilómetros cuadrados de desierto, mi única compañía era esta especie de ser indescriptible.

***

Al menos, pude escapar del Sol en la estrecha sombra que el cráneo daba en su flanco izquierdo. Allí me tumbé y recuperé el aliento. Mi desconcierto y curiosidad eran ya mayores que mi fatiga, pero no que mi miedo. ¿Qué significaba esa terrible mole de hueso? ¿Cómo había ido a parar allí, en medio de la nada? ¿Dónde estaba el resto del cuerpo? ¿Cómo era posible un leviatán de tal tamaño?

Estaba extasiado por el dolor y el horror. Pero, sin embargo, me sentía tremendamente atraído por aquella abominación. Descalzo, intenté trepar por el morro. Al principio me resbalaba. Incluso me reventé algunas de las ampollas de mis pies, y derramaron una sangre muy oscura que se bebieron los recovecos de ese espantoso cráneo. Aún así, seguí trepando. Trepé y trepé, hasta que llegué a las cuencas oculares, oscuras y cavernosas. Un suave aroma dulce me llegaba, proveniente del interior de esos huecos. La visibilidad del interior era nula, y estaba demasiado aterrado como para acercarme más, al menos voluntariamente. Pero quiero creer que lo que me movía ya no era parte de mí, que yo no era más que una marioneta atrapada en un sueño, en un viaje sin retorno ni huida.

Ese aroma dulce era tenue, pero me llegó a embriagar. Penetró en cada célula de mi cuerpo, y me impulsó a introducirme en el cráneo, hacia la oscuridad, a dejar atrás el ardor del Sol y lo infinito de la arena. Cojeando, me introduje en el denso negror de las cuencas. Ya no notaba el aroma dulce. Ni el escozor en los pies, ni el cansancio en el cuerpo, ni el calor en mi frente. Ya no sentía la sequedad en mi boca. Ya no me afectaba la desesperanza. Sólo había oscuridad. Oscuridad dentro y fuera de mí.

—¿Por qué? —me dijo una voz femenina, suave y tierna, casi inaudible, en el oído.

Lascivo,12 de octubre de 2010

RELATO: Una Pequeña Conspiración

27 septiembre 2010

También publicado en Sopa de Relatos.

La tarde era oscura y siniestra. El cielo gris apenas dejaba pasar más luz que la necesaria para orientarse entre los ligeros jirones de tenue niebla. A pocos pasos frente a mi posición, un hombre de aspecto siniestro a la par que desaliñado me miraba fijamente. Parecía perturbado, como escondiéndose de algo o de alguien. Se acercó a mí.

—Oye, lo tengo ya todo planeado –me dijo.

—Ah, ¿sí?

—Sí, pero… —se quedó mirando al guardia que había en la esquina. Lo hacía con expresión de desprecio, y terminó señalando en su dirección—. Necesito que te encargues de ese tipo.

Miré al guardia y volví la vista a mi interlocutor. Me mantuve en silencio. Al fin y al cabo, siempre he sido un profesional. Él se me quedó mirando, callado, unos pocos segundos. Entonces se giró y se fue.

Un par de días después, en mi taquilla, descubrí que alguien había introducido una serie de papeles. En ellos se describía con detalle un minucioso plan que incluía robo, asesinato y fuga. De pronto me sentí cómplice. Sabía que aquel asunto no podía afectarme ni implicarme de ninguna forma. Aún así, fui a hablar con el jefe. Quería asegurarme de que nada iba a salpicarme.

—Peláez, no debe usted preocuparse.

—Ya, pero aún así… —objeté.

—Oiga, Peláez, estamos hablando de enfermos mentales. Los guardias los tienen a raya, la medicación les apacigua. No tiene usted de qué preocuparse.

Algo más tranquilo, volví a hacer mi ronda en el patio, como cada día, y terminé mi turno ante las atentas y confidentes miradas del paciente que cada pocos días pedía, incansable, mi colaboración en las más disparatadas , pero realistas, conspiraciones.

Lascivo. 28 de septiembre de 2010

RELATO: Surrealízate, Hermano Pez

16 septiembre 2010

También publicado en Sopa de Relatos.

Me está mirando un bote de colutorio Binaca. Me está mirando, en serio. Es azul.

El azul siempre me ha parecido amenazador, joder. El mar es azul, y ahí lo ves, infestado de tiburones. Tiburones en busca de carroña, cual abogados en busca de accidentes de tráfico.

El cielo es azul, y fíjate, lleno de aviones a punto de caer sobre tu cabeza. Sobre tu cabeza y la mía, claro. Y yo estoy calvo, y eso no es que importe, pero digo yo que el pelo, por raro que parezca, algo amortiguará, ¿no? Compraré un peluquín por si las moscas.

Mi mujer es azul, y mírala. Pesa como novecientos kilos, los lunes y los martes. Los miércoles y los jueves es un barco fantasma y no hay quien le hable. El fin de semana se vuelve etérea, gaseosa, y se disuelve por toda la casa. Es lo más parecido al sexo que tengo con ella. Y los viernes soy yo.

Se convierte en mí. Todos los viernes. Mi cara, mis manos, mi pelo, todo. Habla como yo, respira como yo, se cuesca como yo… Y joder, qué asco, la verdad. Así he aprendido, desde luego, a no ser ególatra. Ahora me doy bastante asco.

En fin, que el azul no me gusta, ¿vale? Y la mierda de locutorio este, o colutorio, como sea, no deja de mirarme. ¡QUE ME DEJES, COÑO!

¡ARRGH!

***

Atención a todas las unidades, tenemos un aviso de emergencia en la calle Fray Benito Bercimuelles, número 3. Un varón en accidente doméstico. Los vecinos están muy alterados, se recomienda llevar armas de gran calibre y no apuntar a civiles. Intentando contactar con equipo GEOS. Repito, intentando contactar con equipo GEOS. Todas las unidades. Corto.

Lascivo. 11 de Septiembre de 2008

MICRORRELATOS HIPERBREVES 4

15 septiembre 2010

También publicado en Sopa de Relatos.

1) El socorrista

Joder, joder, joder, demasiada agua.

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2) La gruta

¿Nos vamos a perder? No, os he encontrado…

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3) Camaleón

Si nos escondemos aquí, ¿podrá vernos? Aunque no tenga ojos.

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4) Guarda

¡Corre! ¡Ahora! ¡Antes de que pueda desenfundar!

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5) El error

Nací.

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Lascivo. 9 de Septiembre de 2008

MICRORRELATOS HIPERBREVES 3

14 septiembre 2010

También publicado en Sopa de Relatos.

1) El cirujano

Y todo por un error del cirujano plástico.

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2) ¿La paz?

No era la más querida, pero sí la más magreada.

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3) El científico

Apenas logro comprender cómo funcionas.

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4) Amor

Rizos, curvas, carne, tacto y fin.

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5) Ladillas

El experimento salió mal.

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Lascivo. 3 de Setiembre de 2008

Tiras de papel (higiénico) cómicas

13 septiembre 2010

También publicado en Sopa de Relatos.

Bueno, esto lo hice hace tiempo, pero creo que ya era hora de inaugurar la sección de cómics.

No os atragantéis al leerlo. Aviso que son malos. Je, je.

¡Hacer click para agrandar!

El amor

En el Doctor

Paseando

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Lascivo (alias DYC). Hace mucho tiempo.

RELATO: ¿Hay Alguien en el Servicio de Saltamontes Bicéfalos con Peluquín?

12 septiembre 2010

También publicado en Sopa de Relatos.

Mi jefe tiene una enfermedad muy rara. Su nombre es John Spoon, tiene unos 45 años. Es muy simpático. De hecho, es, probablemente, el hombre más simpático que he conocido. Siempre me pone contenta verle por la oficina, pero no sólo por su buen humor.

La enfermedad de John es… muy peculiar. El lóbulo nosequé de su cerebro, la parte de su cabeza que se encarga de procesar la visión, está dañado. Está muy dañado. No penséis que era ciego, no. John ve perfectamente. El problema es qué ve. Su cerebro asocia imágenes incorrectas a objetos y personas que entren en su campo de visión. Creo que los afectados por esta enfermedad normalmente ven algunos objetos borrosos, como manchas, porque su cerebro no termina de asociar el objeto con la idea. En el caso de John es muy exagerado. Su cerebro asocia ideas incorrectas a cosas que él ve, dándole la imagen de otra cosa. Lo explicaré con un ejemplo: El otro día estaba en la oficina y vino John, mi jefe, paseando por el pasillo, al que da mi mesa. Cuando pasó a mi lado me dijo:

- ¡Hola, Linda! ¿Hace buen día, verdad?

- ¡Oh, hola, señor Spoon! Sí, hace un día maravilloso. ¿Cómo se encuentra?

- Bien, muy bien, Linda, sigue así.

- Buenos días, señor.

- Buenos días, Linda. ¡Ah! Y cuidado con el caballo que tienes detrás, tiene orejas de elefante y en vez de rabo… ¿una cafetera? Sí, eso parece. Creo que esta especie es muy mansa, no te preocupes. ¡Pero échale un ojo de vez en cuando! -y me guiñó un ojo, justo al irse.

Hasta ahora es todo gracioso, incluso algunos yonquis pensarán que es una enfermedad cojonuda y divertidísima. Pero pensad que este hombre ha tenido que estar toda su vida viendo cosas espeluznantes y sorprendentes, hasta el punto de que ya nada le impresiona.

El otro día cogió el dragón para venir a trabajar. No puede usar coche, claro. Le pagó un dólar con veinticinco centavos a la flauta travesera que lo conducía y se sentó en un incómodo sofá-cama al fondo del todo. Cuando llegó a la oficina, entró por la puerta agachándose (nadie sabe porqué) y se metió en la rana diseccionada gigante. Apretó el botón que decía “5º piso” e intentó no tocar las tripas del anfibio. Dejó su maletín encima del hipopótamo con piel de cocodrilo y su abrigo en la lámpara de lava de dos metros que tenía en su despacho. Me percaté de que llevaba los zapatos en la mano, e iba pisando de puntillas y en pasos muy grandes, como esquivando algo. Salió de su despacho con un gran aire de tranquilidad y me dijo “buenos días, Donald, veo que hoy no eres negro”. Se fue e intentó entrar por una puerta inexistente de la pared, dándose pequeños golpes y girando un termostato hasta que lo rompió.

El año pasado se fue de caza con unos amigos suyos. Acabó tirando al suelo su pitón automática con doble cargador y poniéndose en la línea de fuego al grito de “no matéis a estos pobres niños. Aunque no tengan brazos ni piernas, ¡merecen vivir!”. Sus amigos, claro, no volvieron a invitarle. No sé que animal estarían intentando cazar, pero me gustaría saberlo.

Quisiera que se respetase más a mi jefe, porque es un buen hombre. Y aunque a veces es difícil aceptar que orine en las macetas delante de todos, o que siempre que tenga que firmar algo lo haga encima de la mesa, o que el día que traje a mi hija Missy a la oficina me sancionara porque no se permite la entrada de animales exóticos al edificio, hay que comprender que es un defecto que le hace ser más peculiar que raro.

Y más humano.

Lascivo. 31 de Agosto de 2008

(Personaje de John Spoon inspirado en la novia de Caraculo, Lorrie Bobbs, de la novela gráfica de Garth Ennis, Predicador)


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